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SINFONIA CONCERTANTE-1º MOVIMIENTO (PENDERECKI)


Antes de la caída del Muro de Berlín (en 1989) varios países del Este de Europa y del Asia Central se encontraban bajo la influencia soviética, que determinaba su política exterior y la forma de organizar su economía y cultura. Muchos de los creadores de esos países, como el húngaro Gyorgy Ligeti, emigraron para independizarse en lo artístico y hallaron asilo en los Estados Unidos y Europa Occidental. Aún así, hubo países (como Polonia) que contaban con cierta libertad y aportaron creadores de talla internacional, desde Penderecki a Lutoslavski, a la vez que en la Unión Soviética persistía una generación ligada al régimen y contestatarios en lo social y desde las diversas nacionalidades internas. Vytautas Landsbergis, primer presidente de la Lituania independiente es un ejemplo de compositor de obras de vanguardia, o el estonio Arvo Párt, estrechamente vinculado al minimalismo de origen americano.
Krzysztof Penderecki, (Debica, 1933), es un compositor polaco, considerado uno de los más importantes de la música contemporánea. Krzystof Penderecki nació en Debica, Polonia, el 23 de noviembre de 1933, y perfeccionó sus aptitudes para la música en el Conservatorio de Cracovia. Allí profundizó especialmente en los estudios de composición, sin destacar específicamente como intérprete de ningún instrumento en particular. Sin embargo, no tardó en demostrar una enorme intuición en la concepción sonora de sus obras.
Con sólo veintiséis años, Penderecki ganó los tres primeros premios en el Segundo Concurso de Jóvenes Compositores de Polonia, gracias a las obras Estrofas, Emanaciones y Salmo de David. Una inaudita demostración de eclecticismo y de dominio de los medios si se considera que la primera de ellas había sido escrita para recitante y diez solistas, la segunda para dos orquestas de cuerda y la tercera para coros y percusión.
Los efectos de este triple éxito nacional no tardaron en adquirir relevancia internacional. El prestigioso Festival de Donau aclamó el estreno mundial en 1960 de la partitura orquestal Ananklasis, convirtiendo a su autor en una de las figuras más relevantes de una gran generación de músicos de vanguardia.
En una época en la que la ruptura con la «tonalidad» había dado como consecuencia una fidelidad casi militar hacia las teorías «serialistas» de Anton Webern y sus derivaciones, Penderecki aportaba a la vanguardia la sensibilidad de un sonido metafórico y descriptivo. Buena prueba de ello la constituye Trenodia por las víctimas de Hiroshima (1960), una de las partituras más sobrecogedoras jamás escritas. En ella se describe, mediante efectos sonoros de una inusual ferocidad, el primer ataque nuclear del ejército estadounidense sobre la tristemente famosa ciudad japonesa. El impacto de esta obra fue también enorme, y no extrañó a nadie que una organización de las características de la Unesco le concediera el Premio de la Música en 1961.
A medida que el prestigio internacional de Penderecki fue creciendo, también lo hizo su influencia en los medios intelectuales polacos. Denunció la situación de opresión sufrida por sus compañeros de generación mediante un acto simbólico, al abandonar la Asociación de Autores.
Esta ruptura con un organismo oficial marcó un antes y un después en las relaciones entre Penderecki y las autoridades de su país, que no obstante nunca se atrevieron a romper definitivamente con él. El músico, que había dado muestras de una inquietud religiosa muy poco frecuente entre los intelectuales del este de Europa, cosechó tal éxito con su Pasión de Lucas (1965) que pronto recibió invitaciones para estrenar y dirigir su propia música en el resto del mundo, y cualquier represalia directa hubiera perjudicado enormemente la imagen del régimen polaco en el extranjero.
A mediados de los años sesenta, Penderecki compuso varias obras de carácter coral o polifónico inspiradas en temas bíblicos. Es el caso de Dies Irae (1967), dedicado a las víctimas de los campos de concentración de Auschwitz; La resurrección de Cristo (1970), o Utrenia (1971). La complejidad de estas partituras hace muy difícil su dirección, motivo por el cual cada vez son más las instituciones públicas y privadas que invitan al propio Penderecki a dirigir los estrenos internacionales de sus propias obras.
Comenzó entonces Penderecki lo que se podría llamar una «carrera secundaria»: la de embajador mundial de la intelectualidad polaca sumida bajo el control del régimen comunista del país. Su contribución a la difusión internacional del sindicato Solidaridad fue decisiva. Al líder de esta formación, Lech Walesa, dedicó varias de sus obras. Es el caso del Lacrymosa, un fragmento del Réquiem polaco que se estrenó en Stuttgart en septiembre de 1974 bajo la dirección de Mstislav Rostropovich.
Muchos se preguntan cómo pudo Penderecki obtener un reconocimiento musical tan amplio en un medio cultural dominado durante casi veinticinco años por los intelectuales marxistas. Su música abundaba en referencias del romanticismo tradicional, su mensaje (de marcado carácter humanista) no ocultaba una profunda religiosidad, y su lenguaje en general no desafiaba abiertamente las leyes de la tonalidad. Sin duda fue la audacia sonora de sus partituras la que le hizo ganar el respeto de muchos colegas de profesión (Boulez o Stockhausen) que probablemente hubiesen sido mucho más duros con él de no proceder de un país comunista.
De otra parte, la trascendencia internacional de Penderecki también permitió que la crítica occidental reparara en la existencia de una importante generación de compositores polacos. Además de Penderecki, hay que destacar a otros autores que, como Lutoslawski o Bacewicz, escribieron música de un extraordinario valor artístico.
En los años ochenta la producción de Penderecki experimentó un sutil cambio hacia un nuevo estilo. Si bien el lenguaje de su obra no sufrió una evolución apreciable, se observaba una progresiva adaptación de los recursos habituales en la producción vocal al terreno de la música instrumental. La crítica, confundida por la progresiva pérdida de los referentes culturales que habían servido para juzgar el arte durante los últimos veinte años, adoptó ante este cambio un cierto escepticismo. Aquellos que habían defendido tanto a Penderecki como al resto de compositores que durante dos décadas habían liderado los movimientos de vanguardia, sentían ahora que el sistema les «robaba» a uno de sus epígonos. Con más razón cuando el monumental Te Deum fue dedicado en 1980 a su compatriota el papa Juan Pablo II.
Penderecki, indiferente a este absurdo distanciamiento, continuó produciendo obras admirables. Que sus óperas triunfaran en el mismísimo Festival de Salzburgo (La máscara negra, 1986) o se inspirasen en la temática buffa de Rossini (Ubú rey, 1991, sobre el texto de Alfred Jarry) no restó un ápice de valor a un músico que en los últimos años de su carrera ha ido derivando hacia géneros en los que nunca antes había profundizado. Es el caso de la sinfonía (ha escrito tres desde 1988) o el concierto (ha escrito varios, para los instrumentos solistas más dispares).
Entre los cargos que Penderecki ha desempeñado desde los años setenta cabe destacar el de director de la Escuela de Música de Cracovia, el de catedrático de composición en la Universidad de Yale (Estados Unidos) y el de alcalde honorario de la Villa de Estrasburgo.
La fonografía ha sido generosa con este compositor de producción no excesivamente abundante. Sin duda los discos que permiten al oyente hacerse una idea más aproximada de su estética son aquellos en los que él mismo dirige su propia música. Merecen destacarse, de entre ellos, la Pasión de Lucas, los diversos monográficos con obras de los años sesenta interpretados por la Filarmónica Nacional de Polonia, el Réquiem polaco o la ópera Los demonios de Loudun.
A continuación, el primer movimiento de la Sinfonía concertante.


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