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EL CABALLERO DE LA ROSA (RICHARD STRAUSS)


El libretista Hugo von Hofmannsthal y el compositor Richard Strauss comenzaron a trabajar en El caballero de la rosa en mayo de 1909. El estreno en la Hofoper de Dresde tuvo lugar el 26 de enero de 1911, tal como había ocurrido ya con Salomé y Electra, otra vez con Ernst von Schuch como director de orquesta y con el joven Max Reinhardt como director de escena. Fue el éxito más grande que pudo obtener en el siglo XX una ópera alemana. La obra ocupa uno de los primeros lugares en cuanto a cantidad de representaciones en todo el mundo.
El poeta y el músico intercambiaron correspondencia sobre el título de esta comedia. Por último, Hofmannsthal encontró la solución: «Comedia con música, de Hugo von Hofmannsthal, música de Richard Strauss». De hecho, había creado mucho más que un libreto: una comedia perfecta que por sí sola también podría conocer el éxito en el teatro. No todo lo que suele atribuírsele es realmente de Hofmannsthal, pero son suyas muchas otras cosas que parecen tomadas de la historia. Por empezar por las últimas: la costumbre aristocrática de enviar un «caballero de la rosa» a la casa de la novia antes de que entre el novio no ha existido nunca, su invención se debe a la rica fantasía del poeta, por más que se quiera suponer hoy, puesto que la ópera ha llegado a los círculos más amplios, que se traía de una auténtica tradición vienesa. Es cierto que Hofmannsthal ideó el argumento, junto con el refinado conde Harry Kessler (que más tarde dejó de figurar entre los autores), pero ambos debieron de conocer el diario íntimo, de los años 1742-1749, del mayordomo imperial austríaco príncipe Johann Joseph Khevenhüller-Metsch; en ese diario aparecen muchos nombres que Hofmannsthal incluyó en el libreto de El caballero de la rosa: Quinquin, Lerchenau, Werdenberg, Faninal, etc. También se menciona al pequeño moro que está al servicio de la princesa, así como algunas figuras que aparecen durante la audiencia.
De todos modos, lo que construyó Hofmannsthal a partir de estas antiguas fuentes vienesas es una obra maestra. ¡Qué magníficas figuras, cuánta calidez humana! Ochs von Lerchenau: auténtico, vivido, un grotesco noble de provincias que tiene malas experiencias en la ciudad por su propia culpa y al que por último no le queda más remedio que poner buena cara al mal tiempo (como se lo sugiere su adversaria, infinitamente superior, la maríscala), pero que a causa de su egoísmo, su afán de cazar dotes y su confuso donjuanismo no sólo está dotado de rasgos negativos sino que el público se ríe de él y lo desprecia, aunque no llegue a odiarlo.
La maríscala: una de las figuras más conmovedoras y maravillosas de todas las épocas de la ópera (y del teatro). ¡Con cuánta nobleza oculta su desengaño, que previo como hábil mujer de mundo! ¡Qué poco patética es su actitud cuando habla del envejecimiento (monólogo del primer acto), de su intento infructuoso y sin embargo profundamente humano de detener la marcha trágica de los relojes! La mujer que envejece: podría ser una tragedia, pero es una fina pincelada de ligera melancolía. Por lo demás, según los parámetros actuales, es una mujer joven; Strauss, cuando se le preguntó, dijo que la maríscala tenía más de treinta años, y en la Viena de 1750, ninguna mujer de esa edad se consideraba joven. Hofmannsthal necesita esa diferencia de edades que hay entre la viril juventud de Octavian y la madurez de su amada para darle tensión al argumento; ha dado a la maríscala tal riqueza de rasgos conmovedores que ésta conquista sin esfuerzo todo el favor del público, más que las otras figuras. Ella, que nunca conoció la verdadera dicha del amor, conduce a su joven amante con tanta sensibilidad y delicadeza hacia la vida, se propone hasta tal punto «incluso amar el amor de Octavian por otra», que toda la corriente de simpatía corre hacia ella desde el momento en que el telón se levanta por primera vez. ¡Cuánta nobleza y grandeza humana le ha dado Hofmannsthal, pero también cuánto encanto, humor, calidez femenina, conocimiento de la vida! ¡Y cuánta maestría hay también en Hofmannsthal, que pudo situarla en una comedia risueña, a pesar de que la maríscala nunca es cómica ni «graciosa»! Por supuesto, se trata de una comedia en que la nostalgia, las lágrimas y la profunda melancolía están tan a mano como la risa, el buen humor, la alegría del daño ajeno y la comicidad de las situaciones. Desde el primer instante se siente que Octavian y Sophie están hechos el uno para el otro. Hofmannsthal lleva con cuidado a cada uno al encuentro del otro, en medio de confusiones, con gran sentido práctico. Nunca se elogiará lo suficiente esta comedia.
Strauss intensifica todos los sentimientos humanos del texto. Con frecuencia, sus melodías expresan con mayor claridad los pensamientos de los personajes que las palabras de éstos. Allí donde Hofmannsthal ha creado un espacio para una gran música de teatro, se lanza Strauss con todo su entusiasmo: por ejemplo, en la audiencia de la maríscala (con el magistral conjunto que se eleva en torno del eje firme y grandioso del aria italiana), pero de manera insuperable en la escena del caballero de la rosa, en el segundo acto. Allí, el centelleo de la rosa de plata, el perfume de esencia de rosas persas, el brillante desfile de los criados de Rofrano, la emoción de Sophie, la juvenil dignidad y alegría de Octavian, pasan a la orquesta atronadora y luminosa (con sonidos de la celesta y el arpa en primer plano): imagen que se ha vuelto sonido, sonido que se ha vuelto imagen. El caballero de la rosa significa un cambio de dirección en la creación del maestro; es posible que las melodías exuberantes, las armonías embriagadoras, el dichoso abandonarse al sonido bello parecieran a los jóvenes o a los «modernos» de entonces casi como una traición a Salomé y a Electra. A partir de entonces le pusieron la etiqueta de «conservador», cuya gran maestría no se podía negar, pero cuyas opiniones respecto de la música contemporánea no había que tomar en serio. Strauss, con esta obra, se separó de Schoenberg y Stravinski. Las épocas posteriores deberán investigar esos desarrollos; para nosotros es suficiente constatar este regreso a la base tonal, este alejamiento de las disonancias y de las novedades armónicas, que cada vez se encaminaban más hacia lo desmesurado. El caballero de la rosa es un canto a la belleza pura, a la claridad conceptual y expresiva de las épocas clásicas. Este regreso debió de tener motivaciones profundas; hablar de una disminución de la potencia creadora del compositor sería insensato ante esta partitura de extraordinaria categoría.
Apenas terminada Electra, el libretista y el compositor comenzaron a intercambiar correspondencia sobre una comedia. El trabajo comenzó en mayo de 1909: Hofmannsthal envió escena tras escena (desde su residencia de Rodaun, cerca de Viena) a Richard Strauss, que se entusiasmó en seguida. El 26 de enero de 1911 tuvo lugar el estreno en la Hofoper de Dresde, tal como había ocurrido ya con Salomé y Electra, otra vez con Ernst von Schuch como director de orquesta y con el joven Max Reinhardt como director de escena. Fue el éxito más grande que pudo obtener en el siglo XX una ópera alemana. Y El caballero de la rosa ocupa uno de los primeros lugares en cuanto a cantidad de representaciones en todo el mundo.

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