domingo

INVITACION A LA DANZA (WEBER)


Los músicos influyentes de la segunda mitad del siglo XIX no formaban una escuela de estilo homogéneo. Las polémicas mezclaban la estética con la política, como consecuencia de los debates y revoluciones que caracterizaron a la historia europea entre los alzamientos obreros de 1848 y hasta el final de una época y un siglo. Estos cambios sociales y culturales sucedieron en los países del norte del continente ya que el sur siempre fue más conservador de las tradiciones. En este contexto se destacó la reformulación que hace Richard Wagner de la escena musical con su lenguaje operístico, que fue un modelo para algunos compositores hasta el siglo XX. Con esta renovación formal convivían figuras como Brahms y Verdi, más conservadores del espíritu romántico, que también llegan a cotas de perfección en la composición.
Weber, a quien hay que considerar uno de los pioneros de la ópera alemana y romántica, nació en Eutin, Oldenburgo, el 18 de noviembre de 1786. Aunque sólo Der Freischütz pudo conquistar un lugar en el repertorio operístico, la figura de Weber tiene una enorme importancia en la historia de la música teatral alemana. Su inspiración popular, su manera de escribir sencilla y directa, sus tiernas melodías y el sano romanticismo que lo caracterizan, junto con la maestría técnica, que se muestra sobre todo en la instrumentación, le han asegurado un lugar fijo entre los grandes de la historia de la música.
Carl María von Weber era hijo de una familia de artistas y desde la juventud conocía profundamente el teatro. Comenzó su carrera musical como pianista, pronto fue empleado en la corte de Württemberg, donde compuso su primera obra dramática (Silvana, 1810). Un año más tarde escribió la graciosa comedia Abu Hassan. En 1813 lo nombraron director del teatro de Praga, donde realizó significativos trabajos para la ópera alemana. Cuatro años más tarde, el rey de Sajonia lo contrató para convertir el teatro de Dresde en un centro de ópera, que entonces todavía estaba en pañales y tenía una vida muy modesta al lado de la ópera italiana.
En 1820 tuvo lugar en Copenhague el estreno de la comedia Preziosa, para la que Weber escribió la música incidental. Hasta entonces había sido un hombre apreciado, pero no famoso. La situación cambió de golpe cuando se estrenó en Berlín, el 18 de junio de 1821, su Freischütz. Se podría calificar esa fecha —a pesar de La flauta mágica de Mozart y el Fidelio de Beethoven, que eran los predecesores clásicos— de data de nacimiento de la ópera romántica alemana.
Dos años más tarde, en Viena, dirigió Euryanthe, pero el éxito, por culpa de la mediocridad del libreto, fue mucho menor. En esa época se hicieron más dolorosos los síntomas de su enfermedad pulmonar. A pesar de todo, en 1826 viajó a Londres, para cuyo teatro había escrito su ópera Oberon.
Vivió grandes triunfos en la capital de Inglaterra, pero su enfermedad se agravó con tanta rapidez que no pudo regresar. Murió en Londres el 5 de junio de 1826, sin haber llegado a cumplir los cuarenta años. Fue enterrado allí a los sones del Réquiem de Mozart, pero sus restos fueron trasladados a Dresde en 1844, por iniciativa de Wagner, uno de sus más fervientes admiradores. El joven Gustav Mahler era también un entusiasta de Weber y completó su ópera Die drei Pintos, que había quedado sin terminar.
Invitación a la danza (Aufforderung zum Tanz, en alemán), op. 65, es una pieza para piano a cuatro manos. Mantiene un ritmo de vals de 3/4. Es popularmente conocida en la orquestación que hizo Hector Berlioz en 1841 para incluirla como ballet durante el intermedio de la ópera Der Freischütz.
En la versión para orquesta, la pieza se inicia con un llamado del violonchelo y los vientos a la orquesta para que inicie la danza. Luego se suceden una serie de pequeños valses, algunos de los cuales se repiten. La obra termina, de forma cíclica, con la repetición de la introducción a cargo del violonchelo y los vientos.
La invitación a la danza ha servido de modelo para valses de concierto y sinfónicos escritos durante el siglo XIX en pleno romanticismo musical, como por ejemplo, las obras de Johann Strauss II.


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